Entrevista publicada en El Diario Vasco el 14 de marzo:
Hablar de Ojmar es hablar de una parte sustancial de la historia industrial de Eibar. Surgida de la unión en 1919 de dos socios Francisco Ojanguren y Basilio Marcaide es un ejemplo de la capacidad de adaptación de la ciudad armera a los cambios del tiempo, del mercado y de la tecnología. Tras aquella cultura del metal que convirtió a Eibar en uno de los grandes núcleos fabriles del país, la firma ha atravesado generaciones, crisis sectoriales, transformaciones productivas y revoluciones tecnológicas sin perder el vínculo con su origen. La empresa abandonó Eibar en 1998 para concentrar su producción en una única planta, después de años repartida en distintos espacios que limitaban su crecimiento.
La trayectoria de Ojmar, ahora en Elgoibar, entra con la esencia misma de la industria eibarresa. En aquellos primeros años en que la comarca vivía del metal, de los tubos, de la precisión y del saber hacer mecánico, Eibar producía piezas, componentes y herramientas con una destreza que acabaría alimentando sectores tan diversos como el armamentístico, el ciclista o el de la cerrajería. De ese humus industrial, de esa cultura de taller y de especialización, surgió también la semilla de una empresa que con el paso del tiempo sería capaz de reinterpretar su propio legado.
En la actualidad, con una plantilla que ronda las 120 personas, la mayor de su historia reciente, Ojmar atraviesa una etapa de fuerte expansión internacional. Cerca del 75% de su actividad se orienta a la exportación, con presencia comercial y equipos en Estados Unidos, varios países europeos, China, Uruguay y Oriente Medio. La empresa ha logrado así proyectar desde Euskadi una marca, ‘Made in Eibar’, de alcance global, capaz de competir en mercados muy exigentes y de abrirse paso en destinos emergentes como India, Australia o la región del Golfo. Sus directivos Aitor Elorza y Juan Sierra-Sesumaga explican que la firma sobrevive «por su apuesta por la innovación». Ojmar acaba de situarse de nuevo en la vanguardia de su sector con el desarrollo de una cerradura electrónica conectada, sin pilas, sin cables y sin infraestructura, compatible tanto con tarjetas RFID como con teléfonos móviles. «Consideramos este lanzamiento como uno de los grandes hitos de la historia reciente, y no es para menos. Se trata de una solución singular a escala mundial que enlaza tecnología, sostenibilidad y funcionalidad en un solo producto», señalan los responsables de esta centenaria firma.
Esa innovación no ha surgido de la nada. Responde a años de inversión en I+D, colaboración con centros tecnológicos como Tekniker e Ikerlan, acumulación de patentes y una cultura empresarial que ha hecho de la mejora continua parte de su ADN.
En este sentido, Ojmar representa también otra constante de la mejor tradición industrial vasca: la convicción de que competir no depende solo del coste, sino del conocimiento, de la capacidad de anticiparse al mercado y de aprender incluso de los errores.
Por todo ello, la compañía resume hoy sus fundamentos en tres grandes pilares: mercado, tecnología y personas. Esa tríada permite entender tanto su longevidad como su proyección.
Porque si algo demuestra la historia de Ojmar es que un siglo largo de vida no se sostiene únicamente con producto, sino también con una cultura interna capaz de combinar experiencia y relevo generacional, fidelidad a la plantilla y apertura a nuevos perfiles técnicos, comerciales e internacionales.
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